Humanidad.

Suelo repetir que no tengo ninguna pasión, que me gustaría obsesionarme tanto por algo que se vuelva parte de todas mis horas. Hay cosas que me atraen, por supuesto. Pero no puedo pensar en algo que por ejemplo, esté dispuesta a dar a mi vida por.

Entonces estaba sentada, tomándome una cerveza, las líneas de Marquez eran mi compañía en esa fría noche en algún bar de Antioquia y de fondo Tú Tú Ratan. 

Sentí un olor a cigarrillo de canela, inconscientemente detuve mi lectura solo para confirmar de donde salía tal olor. Era un hombre, fumando en la barra, tenía puesto un buso de la obra la Guernica. Yo no podía ver su rostro, solo podía imaginármelo, así como imaginaba las múltiples razones por las que al igual que yo, estaba solo en un bar un Sábado en la noche. A su lado, dos vasos vacíos de lo que parecían haber sido unos Gin Tonic. Fumaba despacio, como saboreando la horrible nicotina. En eso entra al bar una pareja de ruidosos extranjeros, probablemente estadounidenses, deduje por el acento y el tono de voz, hicimos contacto visual. Hola ¿Cómo estas? me dijeron en un intento de español. Bien, respondí mecánicamente. El bar era pequeño. La barra, 3 mesas, (de las cuales yo ocupaba una con mi libro y mi cerveza) y un baño. La pareja se sienta en la mesa que está a mi lado, en la tercera mesa se disputaba lo que parecía ser una partida de ajedrez muy silenciosa. Empieza a sonar una canción que no conozco y de pronto la mesera se volvió bailarina ¡Mi canción! dijo emocionada  mientras se tomaba un shot de ron con el mesero y empezó a bailar en medio de las mesas, movía su cuerpo al ritmo de un instrumento que solo estaba sonando en su cabeza, movía sus manos, sus piernas, su cabeza, parecía que cada parte de su cuerpo bailaba un género musical distinto. 

El mesero se acerca a mi mesa, retira mi cerveza que no sé hace cuanto estaba vacía y me dijo con entusiasmo ¿Quieres otra?  Asentí con mis ojos y cabeza y él muy diligentemente me trajo otra cerveza bien fría. Decidí continuar con mi lectura, pero yo sabía que la partida de ajedrez cada vez se ponía mejor, que la mesera bailaba ahora al compás de qué sé yo qué banda experimental, que el hombre de la Guernica  había encendido otro cigarrillo y los extranjeros hablaban de cosas que suelen hablar los extranjeros en bares del tercer mundo. 

Continué leyendo mientras la vida en aquel bar se abría paso, y entonces, Marquéz dijo: Hizo entonces un ultimo esfuerzo para buscar en su corazón el sitio donde se le habían podrido los afectos, y no pudo encontrarlo. Hice entonces un último esfuerzo para buscar en mi corazón el sitio donde se habían podrido mis afectos y pude encontrarlo. Pero todo eso había sido arrasado por la guerra. Aquella guerra de los mil dias que disputé en silencio. ¿No había entendido yo acaso que ya había terminado? Que el pelotón de fusilamiento ya reposaba en algún lugar lejos de mi y yo seguía oculta en la trinchera, con un libro, una cerveza y mucho mucho miedo. 

Concluí que mi pasión parece ser la humanidad, lo mundano, lo purista, lo brutalista, lo simple, mis horas están llenas de contemplar lo que hay tal cual es, acepto la burda realidad como se me sea servida, justifico un ir y venir de actos en nombre de la empatía, dejo ser, aunque de alguna forma me hiera, en nombre de la honestidad y la inspiración. En ese ejercicio de dejar ser me he quedado en la trinchera por mucho tiempo, y tal vez siga aquí, contemplando las ruinas como si fueran una obra de arte, conmovida por la historia que relatan.


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