Berlín
El ampelmann me persigue, pero yo soy más rápida porque me muevo a 120 fps. Voy a la velocidad de los árboles desde la ventana del metro, voy esquivándolo en las esquinas y evitándolo en los lagos, porque verle significa que tendré pesadillas; que toda esta carga onírica alemana reposará en mis débiles y oscuros párpados. Todas estas casas coloridas, estas hortensias gigantes de todas las gamas de rosado, cuando se ponga el sol finalmente, este sol de verano que se oculta a eso de las 22:00, traerá consigo todos los zorros, los jabalíes, el hielo frío, los gélidos gritos escondidos en los átomos y el polvo de estos ahora grandes y luminosos edificios, que saben qué maquillan, qué tapan, qué quieren olvidar, pero que, cuando cierro mis ojos, me muestran el horrido esqueleto aún vivo de esta perfecta ciudad.
Comentarios
Publicar un comentario